EL OVILLO
Y en busca de acompañamiento me monté en mi burra y arranqué pa donde los auténticos amigos. Los de la burla y la confianza; los de amanecer y atardecer los de ahora sí y después no; los de hoy y mañana y siempre.
Me puse a pensar en mí y en lo que me rodea; escuché música; me relajé comiendo un bocadillo de los de antes; me lambucié tó con la salsa y el huevo y el seven up.
Que cojones, me pasé tres cuartos de hora
que no los cambio por nada.
Me puse feliz porque no era tan difícil conseguirlo y menos después de recibir la visita de un amigo que pasó por casa a saldar conversaciones pendientes.
Como venía contando me monté en la burra y se sabía el camino, como todas las burras fieles, el de ida y vuelta, que carajo, ya no me hace como antaño que tropezaba con las piedras del camino. Fuerte burra. También en medio me enteré que voy a dirigir una yunta de bestias o por lo menos meter a viaje, pal pino; son novillos, Estudiante y Algarrobo. Me sorprendió saber que puedo servir pa eso aunque no lo tenía en el catón; pero ya lo tengo y va a formar parte de mis logros infinitos. También así puedo cantar los cantos del güeyero que me sé y no son pocos, porque al final cantarle a las bestias sin ellas es como cagar padentro.
Por el camino maduré alguna manera nueva de grecar. Lo experimenté luego; cogí un timple a medias y apliqué mis nuevas mañas con buen resultado.
En tres cuartos de hora aprendí de nuevo que los caminos se hacen. También que no se debe ir al garete por ellos.
Supe de sobra que ir era malo, malísimo y por eso no fui; porque tampoco hubiera ido hace años; me lo habrían impedido.
Ahora no voy por esto y antes no hubiera ido por lo otro. Así que en paz. Ni me deben ni debo.
En tres cuartos de hora he desmadejado un ovillo y lo he vuelto a enrollar de otra manera.