los
INSTRUMENTOS MUSICALES EN CANARIAS
La
crónica más antigua cuyo contenido merece un estudio de importancia desde el
punto de vista organográfico es, sin duda,
Le Canarien,
el relato de la conquista de
Lanzarote y Fuerteventura realizada por el noble normando
Juan IV de Bethencourt
en los albores
del siglo XV, escrito por su propio capellán. La parte más importante para
nuestro objeto es el capítulo que se refiere a la llegada de una expedición de
colonizadores, acabada ya la conquista. Se describe con interesantes pormenores
el ruidoso concierto improvisado que ejecutaron desde los barcos muchos de los
expedicionarios al ir a tomar tierra. Se citan los nombres de los más
destacados instrumentos musicales de membrana, de soplo y de cuerda, y se
declara incluso el efecto sonoro del conjunto desde los puntos de vista físico,
estético y psicológico. El paisaje ha sido rechazado como invención inverosímil
del cronista por el eminente hispanista
Alejandro Cioranescu.
Sin embargo, aplicando al
texto los conocimientos la metodología que nos presta la ciencia musicológica,
resulta más que real: no sólo la relación de los instrumentos en su perfecto
encuadramiento histórico sino también el acto en sí, tan extraño para nuestra
mentalidad de hoy como corriente para la de aquella época. Se trataba de una
ruidosa manifestación de euforia colectiva como las que los teóricos de entonces
calificaban bajo el epígrafe de música irregularis de la que existen copiosos
testimonios en las relaciones históricas de aquella época, ya que era
considerada como una de las más extendidas formas de la praxis músico-popular.
Lo más importante es que aquí se nos habla de un contingente de colonizadores
entre los que venían aficionados con sus instrumentos, los cuales, como más
adelante se insiste, eran capaces de amenizar con su música algunos actos
solemnes.
Este punto de
partida de la música europea occidental en nuestras islas hay que completarlo
teniendo en cuenta la presencia de la música militar (trompetas, pífanos y
tambores) en las expediciones
anteriores y posteriores a la de Bethencourt
hasta el final de la conquista de todas las Islas. No faltan datos sobre esto
en los diversos cronistas. Téngase en cuenta que el pífano militar ha dado
origen a los pitos de caña de nuestro
folklore actual, y que el amarre de las membranas de algunos tambores populares
acusa una técnica que los entronca directamente con diversos tipos de tambores
militares.
La
segunda fuente histórica canaria de atractivo contenido organográfico es el
poema «Antigüedades» de
Antonio de Viana,
publicado en 1604. En una
exótica escena, el autor trata de describirnos la música de los aborígenes.
El
instrumentario que cita Viana (quien escribe cien años después de culminada la
larga conquista) es un testimonio de gran valor por lo que nos revela de un
mestizaje musical de ambas culturas: la insular y la europea. Junto al
meridional binomio flauta-tamboril
aparece un curioso sonajero de probables
raíces prehispánicas, y también un grupo de cuatro aerófonos tipo clarinete
tocando en coro; esto último se explica al hablarnos Viana de embocaduras de tallos de cebada y, por consiguiente, al ser el sonido de uno solo de estos
instrumentos demasiado tenue como para combinarse en singular con la flauta, el
tamboril y los sacudidores. Probablemente, «el clarinete» en cuestión era
también un elemento cultural importado de España, donde existe aún en el
folklore actual; e importada también sería la praxis instrumental de esta
música. No así lo tocado, un «guineo» que identifica el autor con el dulce «son
canario».
Viana
declara que no había instrumentos de cuerda. Los que hubo llegaron con los
colonizadores en diferentes etapas. Entre los más antiguos documentos de la
Inquisición existe una causa contra un ciudadano Millares acusado de haber
cantado y tocado con su guitarra en estado de embriaguez cosas irreverentes en
una procesión religiosa. Luego se suceden las esporádicas citas de guitarras,
«virgüelas» grandes y chicas (léase timples), etc., no sólo en documentos de la
Inquisición, sino principalmente en inventarios de bienes enumerados en actas
notariales de los siglos XVI al XVIII.
Las relaciones de fiestas celebradas en las ciudades con motivo del nacimiento de príncipes en la Corte, que se incluyen en historias de Canarias desde Núñez de la Peña a Viera, más otras impresas aparte por Pedro Agustín del Castillo y otros, nos revelan interesantes aspectos de un instrumento variado y cada vez de diferentes matices.
Los instrumentos populares de Canarias en la época actual varían según las islas. Pero existe un elenco común a todas ellas, que es el que conforma las típicas rondallas con que se acompañan los bailes: varias guitarras, laúdes y bandurrias, uno o dos timples, un pandero y, a veces, el aditamento de ciertos idiófonos, como el triángulo o el raspador de caña. Estas agrupaciones no deben ser excesivamente antiguas, a juzgar por lo que se observa en determinados ámbitos insulares donde las tradiciones parecen haber perdurado sin sujetarse tanto a los cambios de costumbres. Las asociaciones instrumentales más simples en el interior de Gran Canaria, por ejemplo, consistían tradicionalmente sólo en una guitarra y un laúd, existiendo la conciencia de que la añadidura del timple es algo relativamente reciente en los campos, por haber sido su hábitat primero las comunidades costeras de la isla.

En
la Gomera hay que destacar una peculiar agrupación tradicional en el
acompañamiento de su típico
«baile del tambor», danza de marcadas concomitancias astúricas: el tambor de
cilindro corto y unas enormes y barrigudas castañuelas, que son repiqueteadas
enérgicamente por hombres danzantes.
El Hierro ofrece otra asociación instrumental
diferente, también de carácter tradicional:
las «chácaras» o castañuelas, elaboradas éstas a la usanza andaluza,
junto con «el pito», (flauta travesera) y un tambor mayor, de cilindro
mediano.
Estos grupos más característicos de instrumentos,
que sobreviven o han sobrevivido hasta hace muy poco en unas zonas del
Archipiélago administrativamente más marginadas, pueden darnos una idea de lo
que debió ser norma en cuanto a asociaciones organográficas peculiares en las
islas antes de que se conformaran las rondallas actuales. 
Baste
concluir que todo el instrumentario que se usa hoy popularmente en Canarias es
de origen europeo, pero es el timple el
más popular y arraigado de todos ellos.