El choni feo

Así venía ayer Viernes por la calle Albareda un choni.

Con calzones chicos canelos, una camisa de cuadros media roja y azul y calcetines negros en sus pies que se movían dentro de unas cholas bien anchas, a las que no podía timonear de ninguna de las maneras. Unas gafas de culo botella y un bigotón de tres mil diablos que se unía deforme a sus patillas irregulares.

Una mamá como un día de fiesta le hace llegar delante mío hasta la avenida de la playa, medio hablando o que se yo, lo que estaba claro es que iba con un peo de los de comprar. Peo, por otro lado, que no duda en aflojarse como si estuviera en el baño. ¡Que castaña caballero!. A pesar del airito que corría por la playa yo por lo menos pude tragarme gratis un poco de su espesura; una mezcla de malta y que se yo.

Pude deducir, ¿por qué no?, que era feliz aquel hombre feo porque sin duda se había mejorado y aliviado de una carga potente que llevaba en su barriga cual preñada. Enguruñando la nariz hace mas agudo el regaño, feo, desagradable, se me hizo recordar al "maestro" en su buena época del "Malla amarilla".

Mirando al agua respira profundo abriendo su corto pecho y sus brazos y como que le entiendo decir: -esto es la gloria e los ratones-.

Sin pensarlo, creo, se da la vuelta hacia su otra playa, la terraza del Bar Albareda donde puede esconderse del sol que quema y nadar y nadar sin cansarse pero si jartarse.